Durante siglos, el arsénico ha sido muchas cosas: medicina, arma, solución, condena. Un elemento que pasó de ser cura a castigo, de bálsamo a sentencia. Paracelso, padre de la toxicología, ya lo dijo: «nada es veneno, todo es veneno. La diferencia está en la dosis». Y en ningún otro caso esta frase tiene tanto sentido como con el llamado rey de los venenos.
La toxicología es la ciencia que estudia cómo las sustancias químicas y los venenos interactúan con los organismos vivos: qué daños provocan, cómo actúan en nuestro cuerpo, cómo detectarlos, prevenirlos y tratarlos. Mateu Orfila, considerado el padre de esta disciplina, lo sabía bien. Utilizaba perros como sujetos de prueba para comprender qué sucedía exactamente cuando una sustancia tóxica entraba en el cuerpo.
Un veneno es una sustancia capaz de desencadenar o bloquear procesos biológicos esenciales, dañando tejidos, órganos e incluso provocando la muerte. Su entrada al organismo puede ocurrir por múltiples vías: una bebida contaminada, vapores inhalados, contacto con la piel o una inyección aparentemente inocente. A partir de ahí comienza un recorrido silencioso y letal: la sustancia tóxica llega al torrente circulatorio y es transportada a todas las células de los tejidos.
En ese viaje, sin embargo, hay que contar con otro factor: la albúmina, una proteína presente en el plasma sanguíneo. Si un compuesto tóxico se une químicamente a ella, queda atrapado en la sangre y no puede ingresar a las células. Por el contrario, si no se produce esta unión, el veneno circula libremente, invade las células e interrumpe su funcionamiento vital.
Esos serían 2 casos extremos, pero puede haber grados diferentes de unión del compuesto venenoso a la albúmina. La proporción de veneno unido o libre puede variar y es precisamente esta relación la que determina la gravedad del daño que puede llegar a causar en el organismo.
El arsénico es un metaloide: no es del todo metal, ni del todo no-metal. Existe en la naturaleza en estado metálico, aunque en muy baja proporción, siendo más abundante en forma de compuestos, sobre todo sulfuros. A pesar de su fama mortal, es uno de los elementos químicos esenciales para la vida, aunque solo en cantidades extremadamente bajas.
Su historia es tan antigua como siniestra. Los romanos lo usaban para calmar la tos y tratar afecciones respiratorias. Los médicos árabes lo aplicaban sobre la piel. Paracelso elaboraba con él sus famosos «arsenicales». En el siglo XX fue incluso remedio estrella contra la sífilis gracias a un medicamento llamado «salvarsán”. Pero entre los boticarios y los asesinos, este polvo blanco fue pasando de mano en mano. Porque si algo ha caracterizado a esta sustancia es su capacidad para matar sin dejar rastro.
Y ese es el punto: la toxicidad no depende solo de la dosis. Edad, sexo, vía de entrada (oral, cutánea, inhalatoria), alimentación, embarazo, estado de salud, predisposición genética… todo influye. Los niños y ancianos, por ejemplo, son más vulnerables. Las mujeres metabolizan algunos tóxicos de forma distinta. Incluso el ejercicio intenso o la presencia de alimentos en el estómago pueden alterar la absorción de un compuesto. Y por si fuera poco, hay sustancias que, combinadas, se potencian entre sí.
En su forma más temida, el trióxido de arsénico, se presenta como un polvo blanco indistinguible del azúcar o la sal. Inodoro. Insípido. Fácil de esconder en una comida, en una copa de vino. En pequeñas dosis, su efecto es sutil. En cantidades mayores —basta con 100 a 200 mg— puede provocar la muerte en cuestión de horas. Aunque incluso menos puede bastar si las condiciones del organismo son las adecuadas.
Envenenar no siempre significa matar al instante. La intoxicación aguda por arsénico se manifiesta con náuseas, vómitos, diarrea violenta, fiebre, insomnio y anemia. Puede provocar edema pulmonar, arritmias, hepatomegalia, daños renales y alteraciones neurológicas. Una de las más frecuentes es la pérdida de sensibilidad en el sistema nervioso periférico, que suele aparecer una o dos semanas después de una exposición significativa. Resulta reversible si la exposición con el veneno se detiene a tiempo.
La intoxicación crónica, en cambio, es más sutil. Pequeñas dosis repetidas en el tiempo. Un sorbo cada día. Un poco en la comida. El veneno se acumula en el organismo. Se instala en el cabello, en las uñas… Y deja secuelas: debilidad, lesiones cutáneas, anemia, trastornos del sistema nervioso… y cáncer.
¿Pero cómo mata el arsénico? Interfiere en el funcionamiento normal de las células y evita que produzcan energía para sobrevivir. En su forma trivalente (As³⁺), se adhiere a ciertas partes de las proteínas que son esenciales para que las células funcionen correctamente y las inutiliza. En su forma pentavalente (As⁵⁺), suplanta a los fosfatos en las mitocondrias —las fábricas de energía celular—, saboteando la producción energética. Y si las células no funcionan, los órganos colapsan.
A lo largo de la historia ha sido protagonista de innumerables crímenes. En la Italia del Renacimiento, la familia Borgia utilizaba un veneno conocido como cantarella o acquetta di Perugia, una mezcla letal cuyo ingrediente principal era el arsénico. Su preparación consistía en rociar vísceras de cerdo con el veneno y dejarlas pudrir durante tres días. Posteriormente, los líquidos resultantes eran recogidos y desecados, obteniendo un polvo blanco e insípido que, al ser ingerido, tenía consecuencias fatales.
Giulia Toffana, química italiana del siglo XVII, fue la creadora del famoso acqua Toffana o acqua di Napoli. Este brebaje, comercializado discretamente en pequeños frascos, se promocionaba como un cosmético o producto de belleza. Sin embargo, su verdadero propósito era otro: se trataba de un veneno, dirigido principalmente a mujeres que querían deshacerse de sus esposos.
La composición exacta del acqua Toffana nunca ha sido conocida con certeza, lo que aumenta aún más su misterio. Algunas fuentes aseguran que contenía una mezcla de arsénico y polvo de cantáridas, mientras otras teorías indican que estos ingredientes podrían haber sido combinados con opio. También se ha sugerido que simplemente era una solución concentrada de trióxido de arsénico. Incluso hay quienes proponen que la fórmula podría haber incluido plomo y belladona, lo que habría hecho de este producto un veneno aún más letal.
Incluso Napoleón Bonaparte entró en esta historia. Durante años se especuló que su muerte, oficialmente causada por un cáncer gástrico, fue en realidad el resultado de un envenenamiento crónico con arsénico. El hallazgo de concentraciones elevadas de este elemento en su cabello alimentó la hipótesis. Sin embargo, análisis posteriores apuntaron a otra posibilidad: los productos capilares de la época, utilizados para tratar la calvicie, contenían el tóxico como ingrediente habitual.
En 1836, James Marsh puso a punto un método para detectar arsénico en las vísceras de las posibles víctimas. La técnica consistía en tratar las muestras sospechosas con una corriente de gas hidrógeno, lo que transformaba el compuesto en un gas llamado arsenamina o arsina. Al calentarse, este gas se descomponía en arsénico elemental puro, que se depositaba sobre una superficie fría como un sólido de color plata-negro.
Tan precisa era la prueba que podía detectar cantidades minúsculas. Pero no bastaba con confirmar su presencia: debía encontrarse en concentraciones suficientes para causar la muerte. Además, había que considerar el arsénico presente de forma natural en el organismo humano como bioelemento, así como el que podía haber llegado al cuerpo desde el suelo circundante si la prueba se realizaba sobre un cadáver exhumado.
Hoy en día, su uso se ha reducido considerablemente debido a su alta toxicidad. Aun así, sigue utilizándose en ciertos tratamientos médicos, como en un subtipo específico de leucemia. Pero su reputación oscura lo acompaña siempre: aún se encuentra presente en aguas contaminadas, terrenos intoxicados y en la memoria histórica de asesinatos famosos.
Invisible, inodoro e insípido, el arsénico sigue siendo el veneno por excelencia, capaz de actuar en silencio y con precisión letal. Su historia demuestra que, aunque las épocas cambien, ciertos venenos nunca quedan completamente atrás.
- Sánchez, J.A., & Serrano, A. (2020). Una introducción criminológica a la medicina legal y forense. Dykinson.
- Cornago Ramírez, M. del P., & Esteban Santos, S. (2016). Química forense. UNED.

