Sangre, superstición y jabón: el caso de Leonarda Cianciulli


En el Museo Criminológico de Roma, custodiadas tras un vidrio, reposaban las herramientas con las que la Jabonera de Correggio llevó a cabo sus crímenes: dos hachas, un cuchillo, un machete de cocina y un martillo de gran tamaño.

Detrás, enmarcadas en un orden casi ceremonial, se alineaban cuatro fotografías. En la parte superior, la de Leonarda, con la mirada fija, altiva, como si aún ejerciera dominio sobre lo que ocurría frente a ella.

Debajo, dispuestas de izquierda a derecha, las imágenes de sus víctimas: Virginia Cacioppo, Francesca Soavi y Faustina Setti. Tres rostros que confiaron en una promesa de futuro, sin saber que estaban frente a su final.

Poco imaginaban que, al confiar en su amable vecina y madre ejemplar, Leonarda Cianciulli, estaban dando el primer paso hacia su desaparición.

Las dos primeras ofrendas

Entre 1939 y 1940, las mujeres cruzaron el umbral del número 11 de Corso Cavour y jamás volvieron a salir. Vivían solas y anhelaban algo más: un nuevo comienzo, un buen trabajo, un marido con quien envejecer.

Primero fue Faustina Setti, una mujer soltera a quien Leonarda aseguró que un hombre la esperaba en Pola. Le pidió discreción, que no contara nada, que escribiera unas cartas para tranquilizar a sus allegados.
Lo mismo ocurrió con Francesca Soavi, a quien ofreció un puesto de trabajo en una escuela de niñas en Piacenza.

En la intimidad de su vivienda, Leonarda les asestó un golpe certero. Tras asesinarlas, desmembró sus cuerpos y los introdujo en una enorme olla. Allí vertía sosa cáustica y removía sin prisa, hasta que la carne se desprendía del hueso y todo se reducía a una masa densa y viscosa. Esa pasta era arrojada a una fosa séptica, mientras la sangre —recogida con cuidado en una palangana — se secaba en el horno. 

Después la molía y la mezclaba con harina, chocolate, leche, huevos y margarina. Con ella, horneaba pastas que ofrecía a sus vecinos, a sus visitas… y a su hijo Giuseppe.

Ambas muertes respondían a una lógica personal y desquiciada: el sacrificio como protección. Para Leonarda, no eran actos de locura ni de perversión, sino de devoción. Estaba convencida de que debía ofrecer otras vidas a cambio de la de su hijo Giuseppe, susceptible de ser llamado a filas. Si la muerte exigía un tributo, ella misma elegiría a quién entregarle. Pero no sería su hijo.

Una vida por otra. Y, aun así, algo le decía que no era suficiente. Porque, más allá del sacrificio, siempre había algo más.

De Faustina no solo obtuvo materia para su ritual: también se quedó con sus ahorros, unas 30.000 liras, gracias a un poder que la propia víctima había firmado para que Leonarda administrara sus bienes.

Con Francesca ocurrió lo mismo. Esta vez fueron 3.000 liras, además de todas sus pertenencias, vendidas bajo la misma fórmula: un poder firmado antes de morir.

Ritual y ganancia. Devoción y cálculo. No eran incompatibles. No en su mundo.

El punto de no retorno: Virginia Cacioppo

Virginia Cacioppo fue la tercera y última víctima de Leonarda Cianciulli.

Había sido soprano, había tenido un nombre… pero todo eso quedaba atrás. En el otoño de 1940, Leonarda le ofreció una oportunidad: un trabajo en Florencia, una nueva vida, la posibilidad de recuperar algo de lo perdido.

Como con Faustina y Francesca, le pidió silencio. Que no se lo mencionara a nadie. Que escribiera cartas anticipadas. Que partiera sin dejar rastro.

Pero Virginia no era como las anteriores víctimas. No estaba sola. Sus tres cuñados, Augusto, Ezio y Alberta, vivían en Correggio.

Y esa mínima diferencia, casi imperceptible al principio, fue suficiente para marcar, sin que Leonarda lo supiera, el principio del fin.

El 30 de noviembre de 1940, Virginia salió de su casa en la calle Roma número 1 y recorrió apenas trescientos metros hasta llegar a la vivienda de Leonarda.
«Mi vida es una novela, y terminará como una novela«, había dicho a una amiga pocos días antes. Una frase que acabaría sonando como una profecía trágicamente precisa.

También fue asesinada a golpes, desmembrada e introducida en la gran olla que hervía con sosa cáustica. Pero esta vez, el ritual cambió. La propia Leonarda lo describió con una frialdad inquietante: «Su carne era grasa y blanca. Cuando se disolvió, le añadí un frasco de colonia y, después de una larga cocción, salieron unas pastillas de jabón cremosas«.

Aquella transformación fue más allá del ocultamiento del cuerpo. Fue un paso simbólico: el sacrificio ya no solo protegía a su hijo. También generaba un producto. Un resultado tangible que podía compartirse con el mundo.
Leonarda repartió aquellas pastillas entre sus vecinas, con una naturalidad casi grotesca. Según declaró: «Incluso los dulces eran mejores… esa mujer era realmente dulce«.

No era una metáfora.

Leonarda había alcanzado un punto de no retorno. Ya no solo cumplía con una lógica supersticiosa y desesperada. Empezaba a perfeccionar su ritual, a disfrutar el proceso, a hablar de las cualidades de la carne y la utilidad de la muerte.
La línea entre madre protectora y figura sádica se desdibujaba. Y con Virginia, el horror alcanzó su forma definitiva.

El final de la Jabonera

La investigación comenzó con una sospecha. En un pueblo pequeño como Correggio, los rumores viajaban rápido, y algo en la desaparición de Virginia Cacioppo no encajaba del todo. En enero de 1941, Alberta Fanti, su cuñada, acudió a la comisaría de Reggio Emilia. Llevaba consigo una lista de bonos del Estado que Virginia le había entregado antes de desaparecer.

Esa lista permitió rastrear uno de los títulos, vendido en diciembre por un párroco local. El rastro condujo, finalmente, hasta Leonarda Cianciulli, quien en esta ocasión no solo se había hecho con 60.000 liras, sino también con varias joyas, además de vender toda la ropa y los zapatos de la víctima.

En marzo, Leonarda fue detenida.
Negó todo al principio. Pero cuando su hijo Giuseppe fue arrestado como presunto cómplice, su muro de silencio se quebró. La sola posibilidad de que él pagara por sus actos fue suficiente.
Confesó todo. Sin lágrimas. Sin temblor. Con la convicción de una mujer que aún creía haber actuado por amor.

“No podía parar. Cada vida arrebatada habría servido para salvar a mi hijo. Era una promesa de deshacer la maldición”, dijo.

Durante cinco años permaneció internada en el manicomio judicial de Aversa, a la espera de juicio, que no comenzó hasta el final de la guerra.

En junio de 1946, al fin, comenzó el proceso. Leonarda ocupó el banquillo junto a su hijo. Se defendió sin titubeos. Alegó que no había actuado por codicia, que todos habían recibido dulces y jabón de su parte, y que su única intención había sido salvar a Giuseppe.
Afirmó que, según había leído en la Eneida, Aquiles se volvió invulnerable gracias a los sacrificios que su madre ofreció a los dioses. Y que ella, como madre italiana y devota, había hecho lo mismo.

Leonarda Cianciulli durante el juicio en 1946

El peritaje psiquiátrico fue realizado por el profesor Filippo Saporito, director del manicomio criminal de Aversa, y concluyó que Leonarda Cianciulli padecía una forma de semi-demencia.

Su diagnóstico se apoyaba en las teorías entonces vigentes del criminólogo Cesare Lombroso, quien consideraba la psicosis histérica como un estado de alteración mental caracterizado por reacciones emocionales extremas y comportamientos dramáticos, aunque sin una pérdida total del juicio.

Según esta visión, se trataba de una locura parcial, atribuida especialmente a mujeres, donde la conducta estaba guiada por impulsos intensos y pasiones incontrolables. En el caso de Leonarda, su sentido distorsionado de la maternidad y sus creencias supersticiosas servirían, desde esta perspectiva, para explicar sus crímenes.

El veredicto llegó el 20 de julio de 1946: culpable de triple homicidio, robo y vilipendio de cadáveres. Fue condenada a treinta años de prisión y un mínimo de tres años en un manicomio criminal, aunque nunca volvería a ser considerada “curada”.

Leonarda murió en 1970, víctima de un ictus, tras pasar casi tres décadas entre los muros de lo que ella denominaba “ese infierno llamado manicomio”.

Su caldero —el mismo donde hervía los cuerpos de sus víctimas junto con sosa cáustica— se exhibió en el Museo Criminológico de Roma hasta su cierre en 2023.
Y en Correggio, la fachada del número 11 de Corso Cavour aún permanece en pie, como si la piedra fuera incapaz de olvidar lo que allí ocurrió.

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